La comida rápida, práctica, competitiva, una excelente solución para personas que como nosotros "no perdemos tiempo" que podríamos estar usando en "producir", resulta, no es sana, ni para el cuerpo, ni obviamente para el alma.
Sería posible quedarnos aquí hablando con nostalgia de lo dichoso que es usar el tiempo de la comida para compartir, con la familia, con los amigos, con los mismos compañeros de trabajo. Y de porque una comida así, por sencilla, por normal que sea, es una fiesta.
Pero como esos argumentos quizás no sirven para nuestro mundo corporativo donde el excel dice más verdades que la biblia o el libro sagrado que corresponda a nuestra religión, donde se es mejor persona si se tienen más contactos en facebook, o donde no hay tristeza que no se pueda solucionar con una caja de fluoxetina, ahí les mando un cuadrito, no de las comidas rápidas, sino de lo rápido que comemos y su relación con la obesidad.

p.d.: quien escribe esta nota tiene el colesterol en 260 y ha decidido firmemente el no morirse chiquito.
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