La realidad es que Colombia está padeciendo, en vivo y en directo, los efectos del
cambio climático. La ubicación ecuatorial y las condiciones de desarrollo nos hacen
víctimas del llamado calentamiento global. Entre tanto, cada uno en su caso, puede
ayudar a disminuir el impacto mediante acciones más amigables con la naturaleza.
El 18 de junio y 7 de diciembre de 2008 publicamos dos extensos especiales
periodísticos sobre el cambio climático en Antioquia y Colombia, respectivamente.
Las dos investigaciones cobran vigencia ahora que un informe del Banco Mundial
hace un mea culpa al aceptar que un documento de 2007, sobre el espinoso
asunto, era demasiado conservador y que la temperatura no aumentará entre 1 y
6 grados, sino entre 2 y 11,5 en las próximas décadas. En pocas palabras, la
situación es peor de lo que se vaticinaba.
Lo más dramático de la advertencia para Colombia es que en nuestro territorio, y
en toda la franja ecuatorial, es donde primero se están viendo las consecuencias
del llamado calentamiento global. Sus señales no sólo las leemos y miramos en
las páginas de los periódicos, sino que las sentimos en cada jornada: lluvias
frecuentes por más de dos años; sequías en los páramos, que son las fábricas de
agua dulce; disminución de las áreas glaciares en nuestros nevados; elevación de
los niveles del mar en las costas del Pacífico y el Caribe, y una clara reducción de
las áreas selváticas en la Amazonia y Orinoquia.
Si cambia el clima drásticamente en todas las regiones del país, como está
sucediendo, se afectarán los ciclos de las siembras de los productos de primera
necesidad y de seguridad alimentaria nacional, al punto de que habrá una
desincronización en los precios de los alimentos, difícil de manejar en el corto
plazo por las autoridades encargadas de mantenerlos.
Según el informe del Banco Mundial, los primeros impactos del cambio climático
en la economía tienen que ver, pues, con la inflación que volverá a descontrolarse
por la vía de los precios de los bienes primarios. Nuestros agricultores tendrían
que reinventarse y asimilar eficientemente los períodos de siembra y recolección.
Habría un grave impacto en el suministro de agua para los acueductos y para las
hidroeléctricas que mueven gran parte de la industria.
Como país no podemos estar impávidos ante esta situación y desde hace unos
cinco o seis años debimos hacer un plan estratégico nacional para enfrentar el
cambio climático. Por nuestra ubicación y estado de desarrollo somos más
víctimas que victimarios en materia ambiental, pero esa no puede ser la excusa
para quedarnos sin hacer nada.
No podemos permanecer sentados y esperar a que las grandes potencias se
animen a ratificar el Protocolo de Kioto que les reglamenta la cantidad de
emisiones de carbono. Cada uno de los colombianos puede, a su manera,
contribuir con la desaceleración del cambio globalizado de temperaturas. ¿Cómo?
Ahorrando agua, apagando los aparatos eléctricos que no se estén usando,
utilizando menos sus vehículos particulares y más el transporte público,
enseñando a sus hijos sobre la importancia de vivir en paz con la naturaleza y, lo
que es más importante, multiplicando la conciencia de que el clima está viviendo
un proceso de cambio a pasos agigantados y que debemos prepararnos para
manejar situaciones complicadas en dos o tres décadas.
El cambio climático es aquí y ahora. Basta con mirar la frecuencia de los últimos
inviernos y veranos, para atisbar que los días ya no son como los de antes, y que
debemos estudiar lo que está pasando para dejar a nuestros hijos y nietos una
casa mejor de la que recibimos de nuestros padres.
Tomado de El Colombiano
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